Durante su vida, Camilo fue un hombre mediocre, sucio y un poco tramposo.
Obligado a trabajar desde muy joven, con una madre enfermiza y con un padre que les abandonó cuando él tenía 12 años, se le formó un carácter amargado. Con todo y eso, se dedicó a cuidar a su madre hasta que ella murió a edad avanzada. Fue por esa razón que no se casó y nunca tuvo hijos.
Camilo no fue una persona religiosa; le costaba trabajo reconciliar la idea de una vida después de la muerte con el sufrimiento de la terrenal y la imagen que tenía de la existencia como único estado del ser.
Un infarto fue el medio que le permitió descubrir la verdad. Mientras unos pocos deudos –familiares lejanos reunidos de mala gana– entregaban su cuerpo a la tierra, él disfrutaba de un sueño tranquilo.
Despertó un momento o una eternidad después (el tiempo después de la muerte se vuelve menos relativo) en una enorme estancia, parecida a un gimnasio con unas gradas escalonadas. Las tribunas descendían hacia un solo punto en el lugar, la única pared visible. En ella se apreciaba una puerta y arriba de esta, una placa de madera con un mensaje imposible de leer desde la distancia en donde se encontraba Camilo.
Las gradas estaban ocupadas por camastros con los pies apuntando hacia la puerta, parecidos a aquel en el que descansaba. Al incorporarse, descubrió que el ocupante de la cama de la derecha y también el de la izquierda se levantaban al mismo tiempo. Y todos los de la fila de abajo. Volteó hacia arriba y también ahí comenzaban a desperezarse. Hasta donde le alcanzaba la vista, había hombres de todas las edades despertando de lo que parecía ser un sueño reparador, como el que había disfrutado él.
Mientras todos aquellos hombres intentaban reconocer su entorno, descubrieron la mayor sorpresa de sus vidas: los visitantes de aquella estancia se podían contar por millares, y todos ellos eran Camilo.
En ese lugar de paso se encontraban los Camilos de todas las realidades posibles: algunos habían muerto jóvenes en accidentes y otros habían conseguido vivir más tiempo que él. Había Camilos fuertes y otros doblegados por la enfermedad. Camilos niños y algunos que necesitaban ayuda para levantarse, proporcionada por otros Camilos en cuyas caras se veían gestos de beatitud. Contrastando con estos últimos, había también algunos Camilos en cuyas caras podían verse muecas de odio y perversión. Había Camilos vestidos con costosos trajes que pasaban en grupo ignorando a los Camilos que estaban casi desnudos, vestidos con harapos. ¡Había hasta un Camilo presidente!
Y estaba él, Camilo, el de la vida gris.
Fue entonces que se abrió la puerta y los Camilos que estaban más cerca se aproximaron a ella. Del interior (¿o era el exterior?) brotaba una luz suave y azulosa. Los más cercanos podían ver lo que decía el letrero para después cruzar el umbral.
Algunos Camilos entraban con un dejo de resignación, otros entraban felices y cantando; algunos más tuvieron que ser metidos a fuerzas entre dos Camilos de los fuertes.
Varios de los de mediana edad llevaban en brazos a los bebés Camilo y los adolescentes llevaban de la mano a los que ya podían caminar.
Camilo, el Camilo de nuestra historia, pensó que en realidad aquello no era tan difícil de imaginar. Siguió caminando junto a los demás hasta que llegó a la puerta y logró leer la inscripción. Comprendió que ese lugar intermedio existía con el propósito de hacerles entender la vida. Y su existencia gris recuperó el sentido.
Tras la puerta, la esencia de todos los Camilos se reunía en uno solo. Por fin todas las potencialidades del hombre conocido como Camilo se juntaban y se complementaban.
Camilo, nuestro Camilo, cruzó la puerta y supo que por fin estaba completo.
Y que sí existía aquello que llaman cielo.