Tanto

Te he esperado tanto. Son tantas las ganas y es tanto el miedo. Y tardas tanto, tanto.

Es tanta la soledad y son tantos los días.

Tantos los años. Son tantas las horas, y los minutos también.

Hay tanto por decir y son tan pocas las palabras.

Tanta es la locura y tanta la ternura. Tantos son los abrazos y tantos, tantos los besos. Tantos los suspiros, tantas las caricias anquilosadas en las manos.

Tanto tiempo es el perdido. Tanto el que hay que recuperar.

Tanto, tanto, tanto.

Es tanto lo guardado que cuando estemos juntos, no habrá más que derrochar.

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Si dices que sí

Si dices que sí,

guardaré mi chaqueta de sinembargos,

aflojaré mi corbata de hoynopuedos

y olvidaré en el tren mi sombrilla de porsiacasos.
 
 

Si dices que sí,

quemaré mi sombrero de nocomprendos,

tiraré por la ventana mi reloj de sehacetardes

y deshojaré mi calendario de paracuandos.
 
 

Si dices que sí,

te haré un vestido de milabrazos,

unos pendientes incrustados de milsusurros

y en tu cuello tejeré un collar de milcaricias.
 
 

Si dices que sí,

construiré una casa con tejado de teprotejos,

la cerca será de madera de notevayas

y plantaré en el jardín un árbol de trastusombra.
 
 

Si dices que sí,

calzaré mis zapatos de suela de nodejarte,

andaré el camino empedrado de atulados

y todos, todos los días me verás llegar

con un ramo de parasiempres.

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Una simple voz

Yo canto.

Me gusta cantar, disfruto la sensación física del canto. El problema aquí es que por mucha resistencia que he opuesto, mis ganas de cantar siempre se han visto intervenidas por las expectativas de alguien más.

Hago una mediocre imitación de Elvis Presley que a mi madre parece complacerle mucho. Nosotros los hijos en nuestra eterna, aunque a veces inconsciente, búsqueda de la aprobación de los padres.

He experimentado en coros y grupos vocales donde el volumen de mi voz ha sido puesto al servicio del conjunto, sin lograr un protagonismo real. No es que lo busque (tanto) pero siempre se agradece el reconocimiento.

Estudié (muy poco) técnica de canto y me dejé convencer por mi maestro para aparecer en un festival de navidad que él ayudaba a organizar. “Relleno”, vendría a ser la palabra adecuada. Aunque prefiero no recordar esa experiencia, haré una excepción para ejemplificar. Ese día hice coraje y se me cerró la garganta. Después del evento en el que estaba participando, tenía una reunión que en realidad me interesaba más. Subí, canté un poco, se me olvidó la letra de una de las canciones, me pidieron repetir, y yo ya no hallaba el momento de bajarme. No era la primera vez que estaba encima de un escenario, pero sí la primera que toda la atención estaba puesta en mí. De eso ya hace dos años y aún no logro ver el vídeo sin sentir pena ajena. O propia. Pena del que era y del que soy, pues.

Recuerdo que alguien que me conocía bien me dijo una vez que dentro de mis ganas de cantar todo “como ópera”, no se podía apreciar lo que realmente era mi voz, la que quiere cantar, la que quiere decir. Ese pensamiento me ha perseguido durante años, y creo que apenas ahora que mi vida está cambiando puedo decir que mi voz verdadera, comienza a asomarse.

Hace poco escribí un tuit diciendo que aquella que me quisiera iba a tener que soportarme cantándole canciones viejas al oído con voz muy grave. Y no me retracto, lo puedo hacer. Pero preferiría que la que me quiera, lo haga con todo y mi verdadera voz, un tanto destemplada, aguda, con facilidad para los pasajes dulces, con una nota rasposa de cigarro al fondo.

Mi verdadera voz no sirve para cantar rock así como yo quisiera, ni da para cantar ópera, aunque lo pueda intentar. Mi verdadera voz no sirve para cantar muchas cosas. No es una voz pura, aún tiene rastros de técnica y de pretenciones. No tiene un rango tonal amplio, pero por fin puedo reclamarla como mía.

Así como escribir me dio un canal para expresarme, mi verdadera voz va surgiendo sin maquillaje, sin trucos ni expectativas. Es una simple voz:

un-vestido-y-un-amor

He de agradecer a @evagraciela por presentarme esta canción que se ha ido convirtiendo en una de mis favoritas.

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Esta vez

Esta vez la acera estará barrida, el césped recortado y la llave bajo el tapete.

El pasillo limpio, los muebles sin polvo y en el aire se percibirá el aroma de las flores que, en un florero, adornarán la mesa.

Me aseguraré que haya una botella de vino lista para abrirse.

Habrá sábanas limpias cubriendo nuestra cama y en tu lugar la almohada que siempre te niego cuando me la pides. Los calcetines encontrarán su camino hacia el cesto, así como los zapatos caminarán de puntillas hasta su lugar y las chamarras cobijarán ganchos dentro del clóset.

La tapa del baño estará abajo y un tubo de pasta de dientes nuevo cerca del lavabo, con una llave para enrrollarla correctamente. Es probable que encuentres parches para dejar de fumar en el botiquín.

Los estuches de las películas estrenarán un orden alfabético que les será por completo desconocido. Sobre las repisas no se verá una mota de polvo. La horrible lámpara que nos regaló mi tía en una de sus visitas, ya adorna la sala de alguien más.

La única memoria que ocupa el teléfono de mi ex es la mía, y eventualmente se borrará de ahí como lo hizo con el teléfono. Las montañas de libros desaparecerán y ese librero que tanto me pediste adornará un lado de la sala.

El golpe en la puerta del auto habrá desaparecido y la cajuela estará vacía salvo por la llanta de refacción que siempre me pides que repare. Los asientos, recién aspirados; el tanque estará lleno, y el batecillo de beisbol que decías que me traería problemas habrá desaparecido.

En el refrigerador habrá más comida y menos cervezas.

La computadora volverá al estudio, de donde nunca debió haber salido.

Esta vez encontrarás la puerta del jardín abierta, y yo estaré esperándote sentado, escribiendo.

Esta vez no quiero que te vuelvas a ir.

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La otra ella

Antes, cuando lo de “la otra ella” estaba más reciente, la soñaba.

Soñaba que volvíamos, que me volvía a hacer feliz. Lo peor era despertar. Saber que la había perdido de nuevo.

Hoy soñé a la otra ella.

La primera vez que la vi, la deseé. Como a algo que se debe tener. Como algo que te corresponde por derecho.

“La otra ella” tenía el control de mi vida y mi cuerpo en la punta de sus dedos. Me tocaba como a un instrumento musical. Si quería pasión, me tocaba de una manera, si deseaba ternura, de una forma distinta.

La otra ella, la del sueño, me rozaba con la punta de los dedos y yo estaba listo para la batalla.

El roce de sus dedos abría una llaga ardiente en el deseo y sólo ella soportaba y disfrutaba la violencia pasional que requería cerrarla. “La otra ella” tenía el umbral del dolor muy alto. Por fortuna, siempre que extendió la mano para tocarme, pude hacerla mía en el momento.

Ella, la otra, nunca dijo “hacer el amor”. Sabía que las pasiones que encendía sólo se apagaban cogiendo. Escritorios, sillones, sillas, mesas, el piso, el clóset, el baño. No dejamos un sólo lugar que pudiera servir de altar.

No hay otra persona a la que pueda soñar y ver claramente en el sueño y saber que es ella.

“La otra ella” tenía el andar más caliente que he visto. Era verla y querer arrancarle los jeans. Su piel era la única vestidura que contenía su espíritu ardiente. Solo usaba la ropa para que yo tuviera que quitársela. Para frustrarme, torturarme, hacerme esperar.

“La otra ella” era generosa con su tiempo cuando se trataba de coger. Nunca dijo “suficiente”, “basta”, “vámonos”.

En la calle yo era su esclavo. En la cama se cambiaban los papeles; “la otra ella” era complaciente hasta el absurdo.

Para terminar por el principio: recuerdo aún la primera vez que metí la mano bajo su falda. La recompensa a ocho meses de espera. Ocho meses la miré pasar, contoneándose delante de mí, con el jean demasiado bajo.

Así, y no de otra manera, se gana una mujer su lugar en los sueños de un amante, para que la siga soñando cinco años después.

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Camilo

Durante su vida, Camilo fue un hombre mediocre, sucio y un poco tramposo.

Obligado a trabajar desde muy joven, con una madre enfermiza y con un padre que les abandonó cuando él tenía 12 años, se le formó un carácter amargado. Con todo y eso, se dedicó a cuidar a su madre hasta que ella murió a edad avanzada. Fue por esa razón que no se casó y nunca tuvo hijos.

Camilo no fue una persona religiosa; le costaba trabajo reconciliar la idea de una vida después de la muerte con el sufrimiento de la terrenal y la imagen que tenía de la existencia como único estado del ser.

Un infarto fue el medio que le permitió descubrir la verdad. Mientras unos pocos deudos –familiares lejanos reunidos de mala gana– entregaban su cuerpo a la tierra, él disfrutaba de un sueño tranquilo.

Despertó un momento o una eternidad después (el tiempo después de la muerte se vuelve menos relativo) en una enorme estancia, parecida a un gimnasio con unas gradas escalonadas. Las tribunas descendían hacia un solo punto en el lugar, la única pared visible. En ella se apreciaba una puerta y arriba de esta, una placa de madera con un mensaje imposible de leer desde la distancia en donde se encontraba Camilo.

Las gradas estaban ocupadas por camastros con los pies apuntando hacia la puerta, parecidos a aquel en el que descansaba. Al incorporarse, descubrió que el ocupante de la cama de la derecha y también el de la izquierda se levantaban al mismo tiempo. Y todos los de la fila de abajo. Volteó hacia arriba y también ahí comenzaban a desperezarse. Hasta donde le alcanzaba la vista, había hombres de todas las edades despertando de lo que parecía ser un sueño reparador, como el que había disfrutado él.

Mientras todos aquellos hombres intentaban reconocer su entorno, descubrieron la mayor sorpresa de sus vidas: los visitantes de aquella estancia se podían contar por millares, y todos ellos eran Camilo.

En ese lugar de paso se encontraban los Camilos de todas las realidades posibles: algunos habían muerto jóvenes en accidentes y otros habían conseguido vivir más tiempo que él. Había Camilos fuertes y otros doblegados por la enfermedad. Camilos niños y algunos que necesitaban ayuda para levantarse, proporcionada por otros Camilos en cuyas caras se veían gestos de beatitud. Contrastando con estos últimos, había también algunos Camilos en cuyas caras podían verse muecas de odio y perversión. Había Camilos vestidos con costosos trajes que pasaban en grupo ignorando a los Camilos que estaban casi desnudos, vestidos con harapos. ¡Había hasta un Camilo presidente!

Y estaba él, Camilo, el de la vida gris.

Fue entonces que se abrió la puerta y los Camilos que estaban más cerca se aproximaron a ella. Del interior (¿o era el exterior?) brotaba una luz suave y azulosa. Los más cercanos podían ver lo que decía el letrero para después cruzar el umbral.

Algunos Camilos entraban con un dejo de resignación, otros entraban felices y cantando; algunos más tuvieron que ser metidos a fuerzas entre dos Camilos de los fuertes.

Varios de los de mediana edad llevaban en brazos a los bebés Camilo y los adolescentes llevaban de la mano a los que ya podían caminar.

Camilo, el Camilo de nuestra historia, pensó que en realidad aquello no era tan difícil de imaginar. Siguió caminando junto a los demás hasta que llegó a la puerta y logró leer la inscripción. Comprendió que ese lugar intermedio existía con el propósito de hacerles entender la vida. Y su existencia gris recuperó el sentido.

Tras la puerta, la esencia de todos los Camilos se reunía en uno solo. Por fin todas las potencialidades del hombre conocido como Camilo se juntaban y se complementaban.

Camilo, nuestro Camilo, cruzó la puerta y supo que por fin estaba completo.

Y que sí existía aquello que llaman cielo.

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Idioma

Inventaré para nosotros una nueva lengua, un idioma secreto, mezcla de murmullos, caricias, miradas y besos. Un nuevo lenguaje, donde los silencios digan tanto como las palabras.

Una lengua nueva, llena de guiños y roces disimulados. Un idioma fresco, cuyas palabras no carguen el cansancio de haber contado historias tristes. Que no guarde la memoria de los sentimientos que se quedaron sin nombrar.

Un lenguaje oculto que solo tú y yo comprendamos en medio de la gente. Estrenaremos una nueva forma de hablar, que nos habite la boca y que nos llene las manos.

Un idioma nuevo que sea palabra y sea canto. Una lengua desconocida que a veces sea serenata y otras veces arrullo.

Concebiremos vocablos y significados nuevos; una mirada, un roce bastarán para comprendernos. Te inventaré un lenguaje nuevo a la medida de tus labios: usaré tu voz como instrumento para recitar inusitados versos.

Construiré innumerables términos para lo inefable y unos cuantos para lo imposible.

Te inventaré el idioma perfecto, un lenguaje ideal. Con él pronunciaremos el amor de numerosas formas y en una sola sílaba conseguiré decir “nosotros”.

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